Concordia: Ser estudiante en la época del Cambio, por Juan Manuel Gómez

El discurso de la Argentina del Cambio pivotea sobre la idea de que todos/as nacemos con las mismas oportunidades: algunos saben aprovecharlas, otros no. De este planteo original aparece la “meritocracia” entonces como justa y lógica. Si lo único que impide que un joven se realice es su propia pereza, un sistema que recompense a quienes “trabajan duro” por conquistar sus metas tiene todo el sentido.

La “meritocracia” circula en discursos oficiales y extra-oficiales (habría que recordar que fue formulada explícitamente y por primera vez en una publicidad de Chevrolet), pero impregna además el sentido de muchos jóvenes “de a pie”, y con eso cuenta también la estrategia de Cambiemos: muchos jóvenes, estudiantes y trabajadores, tienen inculcada la idea de que en el fondo, las ayudas estatales eran un regalo que no merecían. Los estudios superiores, los profesorados y las universidades, quizás y finalmente no eran lugar para ellos y ellas.

Desde el 2015, una serie de “errores”, “reacomodos” y “fallas de sistema” han ido recortando el alcance del Progresar. Y léase que esto no significa otra cosa que estudiantes que dejan de percibir un apoyo fundamental para mantenerse en sus estudios. El patrón es ya constante y va más o menos así: cierta cantidad de estudiantes dejan de percibir o poder tramitar el beneficio. Cuando se denuncia o reclama, funcionarios nacionales o locales representantes de los organismos a cargo (ANSES, en su momento en el caso del Progresar) explican que se debe haber tratado de un error del sistema, que se están realizando reacomodos del programa, que en breve se solucionará. Se desestima así la impresión del recorte. Pero, cuando el polvo se asienta, la realidad es concreta: son menos los/as estudiantes dentro, y más quienes quedaron afuera.

Los recortes en educación -el Progresar, eminentemente, pero además la desarticulación del Conectar Igualdad- se conjugan con la inflación general encareciendo la vida estudiantil. Suben los alquileres, el transporte, las fotocopias. Por más que en lo formal sigan existiendo los programas de becas y apoyos, la realidad económica de nuestro país enflaquecen el poder adquisitivo de ese aporte estatal volviéndolo inexistente, una decoración para que funcionarios y referentes de Cambiemos puedan sostener en sets televisivos que preservaron “lo bueno” del gobierno anterior.

Se re-instala un status quo que llevó mucho trabajo romper: ese donde solo cierto sector de las juventudes pueden acceder a los estudios superiores. Ese donde la perspectiva de estudiar, formarse como profesionales o trabajadores de la educación, no era compatible con la vida y el destino de las familias trabajadoras o humildes.

Durante los doce años de kirchnerismo -con o sin robo de no sé cuántos PBI- fuimos muchos los/as jóvenes que accedimos a la posibilidad de ser primera generación de universitarios de nuestra familia. Así también para muchos otros, fueron los primeros en su familia que podían plantearse seguir sus estudios más allá de terminar la escuela secundaria en terciarios o tecnicaturas. Hoy no nos quedan dudas de que ese cambio material debió también conllevar un esfuerzo de índole cultural donde se explicite que esos jóvenes en terciarios o universidades eran una realidad que había que sostener, y que en ese sentido los programas de apoyo económico son la concreción del derecho a la educación, derecho que no termina en la gratuidad de los estudios sino que se completa con las mejores perspectivas de sostenimiento y finalización de esos estudios.

La “meritocracia” es el criterio fundamental que quieren introducir en la etapa formativa de los argentinos y las argentinas que se completa con el mantra del establishment mundial para todo buen orden neoliberal: el emprendedurismo. Con la misma mirada desatenta a las inequidades sociales y materiales, el emprendedor es aquel que no se queda en la queja y sale a aprovechar las oportunidades que presenta la voracidad de una economía de mercado y un esquema macroeconómico nacional en crisis. “No trabaja el que no quiere” es la frase de autoayuda que se repiten una y otra vez mientras están cada vez más dispuestos a hacer trabajos fuera de los convenios sindicales, sin ningún marco de protección de higiene y seguridad y por sueldos sin regulación.

A todas luces, en cualquier ámbito donde se impongan estos valores serán para trazar una frontera entre los incluidos y los excluidos de las prestaciones estatales.

Como jóvenes estudiantes y también como hijos e hijas de las clases trabajadoras, sabemos que los obstáculos a superar para terminar nuestros estudios son muchos, y que el más difícil no es la propia pereza. Que luego de finalizados nuestros estudios, inicia la otra carrera por un trabajo digno que nos permita sostenernos económicamente (y muchas veces a nuestras familias). Siguiendo aquella vieja regla de que “la única verdad es la realidad”, vemos desenvolverse una realidad muy clara: tras reformulaciones, errores, reacomodos o sinceramientos, lo único que crece es la exclusión educativa y las dificultades para quienes no nacieron con todas las oportunidades a mano. La verdad que se desprende es también temiblemente clara: en la Argentina del Cambio, no todos ni todas merecemos las mejores perspectivas a futuro en lo que a educación y trabajo refiere.

 

Fuente: 7Páginas



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